El empoderamiento cuqui y otras perlas del pseudofeminismo

El empoderamiento cuqui y otras perlas del pseudofeminismo

 

Escrito por Perra Insumisa 

Durante los últimos meses hemos podido presenciar cómo un gran número de famosas tanto en Hollywood como en España se sumaban a la ya muy conocida campaña del #metoo con la que se pretendía dar visibilidad a las mujeres víctimas de abusos sexuales.

Enumerando todos los eventos feministas que tuvieron lugar en el 2017, como la marcha de las mujeres en EEUU, la gala de los Globos de Oro con numerosas referencias feministas, tentativa de gala reivindicativa de los Goya, decenas de famosos declarándose aliados del feminismo (y otros ni por eso), Amaia de España hablando de feminismo en el programa con más audiencia de la televisión en los últimos meses, etc… podemos afirmar que el feminismo ha venido para quedarse y que las famosas están siendo de gran ayuda para propagar el mensaje también.

No obstante, también es un hecho real que aún nos queda un largo camino por recorrer si queremos que la igualdad entre hombres y mujeres se concretice, y quizás el primer paso sea hacer un análisis más profundo de nuestro discurso.

Si bien es cierto que el feminismo es la lucha por la igualdad de géneros y la defensa de los derechos de las mujeres, cada individuo puede hacer una interpretación propia de lo que este concepto le inspira. Lo cual no significa que existan tantos feminismos como personas en el mundo, no, el feminismo no es ese cajón de sastre donde hay sitio para todo tipo de ideologías que buscan una más o menos definida igualdad, sino más bien, lo que sucede es que hay personas con un concepto equivocado o superficial del feminismo y que con el tiempo, en el mejor de los casos, irán puliendo hasta conseguir aproximarse a los valores que la ideología realmente defiende, valores que son firmes e inamovibles.

Y es por esta razón que a menudo recibimos mensajes contradictorios de personas que se identifican con el movimiento.

Así mismo, desde el feminismo se intenta hacer reflexionar a esas personas que puedan tener ideas incoherentes con la ideología en lugar de señalarlas, ya que para alcanzar una conciencia feminista tenemos que sumergirnos en un estado de aprendizaje y sensibilización progresivo, y asumir con humildad que aún cometemos errores inconscientemente, debido a nuestra educación fundamentalmente machista, suele ser el mejor comienzo para ello.

Pero el problema surge cuando se da más voz a esas personas que aún están en una etapa temprana del feminismo en vez de a personas expertas en la materia, personas que se han especializado en igualdad de género por ejemplo y que han leído a las grandes teóricas del feminismo como Simone de Beauvoir o Amelia Varcárcel, y las cuales nos pueden ofrecer un punto de vista más clarificador de qué es el feminismo.

La consecuencia de esto es que el mensaje que se difunde en nombre del feminismo a veces puede llegar a ser totalmente incoherente con lo que esta ideología realmente sostiene.

Un ejemplo de ello es el auge en las redes sociales del movimiento curvy. Un movimiento que defiende el cuerpo de aquellas mujeres que no entran dentro de los estereotipos de belleza marcados por la industria de la moda, las mujeres con tallas consideradas oversize. Aparentemente este movimiento ha llegado para revolucionar el concepto que la sociedad tiene de mujer ideal y para ayudar a las mujeres de tallas grandes a quererse un poco más, pero si analizamos su discurso, no es más que una defensa del derecho de estas mujeres a sentirse sexis.



¿Y qué es sexy? -dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul…- Ser sexy es tener un físico con atractivo sexual, es decir, que atrae sexualmente a los hombres, ya que, desgraciadamente, el gusto de las mujeres homosexuales poco es tenido en cuenta a la hora de elaborar los estereotipos de belleza femeninos.

Por lo que el movimiento curvy invita a las mujeres de tallas grandes a sexualizar su cuerpo para sentirse bien con ellas mismas, no por el valor que en sí pueda tener, sino por la atracción que este despierta en los hombres. Al final no es más que un empoderamiento muy light de la mujer, de hecho, en nada ayuda a las mujeres a quererse realmente, sino que vuelve a poner en el centro de las vidas de estas mujeres al hombre. Forma parte de la eterna búsqueda de la aprobación masculina que nos han enseñado desde pequeñas.

Imagen publicitaria de Calvin Klein. 

Y ¿cuál sería la solución que propone el feminismo a estas mujeres? Acabar con los estereotipos de belleza en lugar de cambiarlos, acabar con la premisa de que el único valor de una mujer reside en su belleza, que la mujer DEBE ser hermosa para ser respetada por la sociedad y sobretodo reelaborar nuestras prioridades para que encontrar al hombre de nuestros sueños o conseguir la aprobación de los hombres no sea nuestro principal objetivo en la vida.

Y es que empoderamiento cuqui, no es más que una forma de llamar a algo que vemos a menudo en los medios de comunicación. Mujeres declaradamente feministas lanzando mensajes de liberación a otras mujeres mientras se visten con impresionantes vestidos, como vimos por ejemplo en la alfombra roja durante los Globos de Oro. Mensajes que se agradecen pero que serían aún más contundentes si los formulase una mujer que renuncia a sexualizar su imagen.

El empoderamiento cuqui es el feminismo favorito del patriarcado, el que defiende a las mujeres sin dejar de ser sexy, el que protesta en contra de la violencia de género y acto seguido se desnuda delante de los espectadores como cada nochevieja, es un feminismo agradable, que entra por los ojos de los hombres, aunque por esta misma razón no llegue hasta sus cerebros.

Y nadie habla de esconder nuestro cuerpo, no me malinterpretéis, se trata de un proceso de desexualización del cuerpo femenino, de que el cuerpo de la mujer sea concebido de la misma manera que el del hombre, ¿o acaso a un hombre por ir lucir menos su cuerpo se le llama mojigato?

Siguiendo con los casos de empoderamiento cuqui que más me han llamado la atención últimamente, no puedo evitar nombrar el escándalo que se produjo en la promoción en Londres de la película Gorrión rojo a causa de una foto que fue tomada en exterior, en el que rondaban los 7 grados, a su protagonista Jennifer Lawrence junto a tres de sus compañeros de reparto y al director de dicha película, todos ellos hombres, todos ellos casual, todos ellos vestidos acorde a las bajas temperaturas, como era de esperar. Todos excepto Jennifer, la cual lucía un espectacular Versace negro con tirantes y una amplia abertura lateral.

Por todo esto, las críticas hacia ella, como es la tradición, no se hicieron esperar. Críticas dirigidas a cuestionar la lealtad de Jennifer Lawrence a la lucha feminista, pero sobretodo a señalar el sexismo evidente en dicha fotografía -¡menos mal que tenemos a la policía “feminista” siempre al rescate!-.

Fue tal el impacto de esta foto en los medios de comunicación y en las redes sociales que la propia Jennifer Lawrence tuvo que salir a defender en una entrevista su libre y totalmente voluntaria elección de vestuario para esa ocasión. Defensa que muchas personas y medios de comunicación han aplaudido, ya que ¿acaso el feminismo no busca la libertad de las mujeres? Bueno, este es el tema que seguramente cree más controversia dentro del movimiento feminista, ya que, como expliqué al principio, cada persona hace su propia interpretación de lo que es la libertad, aunque el feminismo solo entienda la libertad como idea general y no individual.

Es decir, en el caso de que Jennifer hubiese tomado libremente una decisión que ella interpreta como empoderante, y utilizo el condicional porque más adelante analizaré a fondo esta premisa, si esta decisión tiene una repercusión negativa para el resto de las mujeres, como es en este caso que se perpetúe y se normalice la cosificación de la mujer, no podríamos interpretar ese acto en concreto como un acto feminista, a pesar de que sea una actriz que realmente defienda los derechos de las mujeres como es su caso.

Entonces ¿Por qué cosifica a la mujer esta ingenua decisión? Para responder a esta pregunta sólo tenemos que observar la foto y ver qué es lo que la película nos quiere vender. Cuatro hombres bien abrigados, casual, de estar-por-casa -casi me aventuraría a decir que venían de tomarse una pinta en el pub de la esquina- y en medio de los cuatro se encuentra Jennifer, con su Versace, su maquillaje de dos horas y probablemente una más de peluquería, todo ello para lucir radiante, la estrella que más brilla en la foto.

Y es que sin haber visto la película, ya puedo predecir que no se trata de un relato filosófico donde Jennifer interpreta un complejo papel. No, lo que vende esta película es a Jennifer, es su cuerpo joven y esbelto, su cabello dorado y su cara de ángel. De hecho, incluso se podrían haber ahorrado convocar al resto del reparto ese día -y haberlos dejado que viesen tranquilamente el partido de la Premier en su casa-.

No hace falta hacer un análisis muy profundo de dicha fotografía para darse cuenta de que Jennifer no es más que un simple florero en la película. Acción y tías buenas, lo que se conoce como un gancho para el espectador simplón masculino, un reclamo sexual con todas las letras, y no porque ella no valga para hacer otro papel ¡ojo! sino porque es eso lo que la industria del cine vende y lo que los hombres están dispuestos a pagar para ver.



Y es que este caso tiene aún más miga por sacar si analizamos a fondo la premisa de la libertad de elección que defiende Lawrence. En la entrevista que le hicieron, Jennifer asegura “habría salido hasta con nieve por este vestido porque me encanta la moda y esta fue mi decisión”. Esta afirmación, Jenny, es cuanto menos preocupante, por más que sea una libre decisión, y más aún en una foto en la que no vemos a ninguno de los hombres hacer el menor sacrificio por mostrar su cuerpo o su atuendo.

Cuesta mucho imaginarse a una mujer eligiendo libremente pasar frío, al igual que cuesta mucho imaginarse a una mujer que elige libremente operarse partes de su cuerpo por cuestiones estéticas, o llevar tacones de aguja durante horas, o pasar hambre para caber en una talla 36, o ponerse un velo para cubrir su rostro, o acostarse con extraños para poder pagar sus facturas, o dedicar dos horas de su tiempo diariamente para acicalarse. En conclusión cuesta mucho imaginarse a una mujer que elige libremente sacrificar su salud, su dignidad y su tiempo simplemente porque le apetece. Cuesta tanto que hasta que realmente no acabemos con la presión que ejerce el patriarcado sobre nuestros cuerpos, no sabremos finalmente si estas decisiones se ejercen libremente o si por el contrario están condicionadas por nuestra educación machista, aunque yo, tirando de lógica, ya he hecho mis apuestas.

Sin embargo, a pesar de todo esto, nada justifica el ataque desproporcionado que sufren las mujeres que deciden exponer su cuerpo, como así lo sufren también las que deciden no exponerlo. Tanto una como la otra son víctimas del mismo sistema misógino que oprime la libertad de expresión de las mujeres y dictamina los límites de su propio cuerpo.

Si algo promueve el feminismo es la sororidad entre todas las mujeres, aunque no sean mujeres declaradamente feministas o cuyas ideas no guarden coherencia con esta lucha. El feminismo está para guiarlas por el camino hacia su verdadera libertad y la de todas las mujeres a través de la lucha contra el patriarcado.

Por ello da igual si te maquillas o prefieres llevar la cara al natural, si te depilas las piernas o si tu estilo es más el rastafari, si usas siempre calzado de deporte o te encanta llevar tacones, hay un hueco dentro del feminismo también para ti. ¡Te veo esta tarde para reivindicar nuestro derecho a ser libres!


FOTOGALERÍA: ÁFRICA - Fotografías de José Luis Sánchez Nielfa
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